Al Rocío yo quiero volver

Emotiva semblanza escrita por el gran Félix Machuca  en ABC de Sevilla, hoy 19 de mayo de 2018 a muy poco de la noche mágica del Rocío.

Al Rocío yo quiero volver
Se apenaba cuando veía a una hermandad hacer la presentación sin tamborilero y se prestaba para hacerlo
Vio a una amapola escaparse de entre los trigos, le puso su sello personalísimo a las cartas que iban y venían desde Londres a Madrid, pescaba en la ría del Rompido con una chistera y una gaita rociera para tangar a las corvinas gordas, compraba tabaco para regalar la vuelta de diez mil pesetas a la del canasto, sacó a las sevillanas del museo de costumbres populares para elevarlas a categoría de arte en el Prado del flamenco. Su piano hizo volar a Matilde Coral como un ave del paraíso con un mantón de seda y el terciopelo de las notas de su teclado en las «Sevillanas» de Carlos Saura y Juan Lebrón. Fue único e irrepetible. Artista y bohemio. Creador de cielos en la tierra y de tierras en el cielo de sus letras y música. Pintaba marinas y Esperanzas trianeras, por gitano le rezaba al Cachorro de su fe, esculpía bronces taurinos en la cocina de su casa, le dejó el aguardiente a un cantinero de Cuba para olvidar y nos confesó, con la infinita quietud de las cosas con paladar, que no nos fiemos nunca del querer, ni de sus bellos colores, porque como las flores, están las que huelen bien y otras que no tienen olores…

 Foto: archivo Arturo Pareja-Obregón

Todo en él era desmedido, olímpico, inalcanzable. El peso y la medida son patrones para las personas corrientes. Manuel Pareja-Obregón no pertenecía a ese gremio. Lo levantaba de la cama el talento. Y se acostaba con las musas de su arte. Fuera de ese mundo las cosas no le importaban demasiado. Y las noches en el Rompido las ganaba para hablarle a las estrellas con su guitarra y enrearse con José el de Catalina, un pescador de contadas palabras, en los secretos del hombre y el mar. Amaba tanto al Rocío, aquel Rocío sin carretera y arenales, como para escribirle a su Virgen almonteña uno de los cantos litúrgicos populares más emocionados y celebrados de esta romería universal. La «salve rociera». La que compuso con Rafael de León y Manuel Clavero a partir del toque del alba que le había escuchado al Pollo de Cartaya, uno de los sublimes de la gaita y el tamboril.

Un día, con su hija Carmen esperando quirófano por una infección severa en los oídos, desoyó los consejos de un magnífico otorrino amigo suyo, Diego Jiménez Andrade, que la iba a operar de forma inminente. Manuel Pareja-Obregón cogió a la niña, la envolvió en una manta, la metió en el coche y se la llevó a la aldea. Si había alguien que pudiera evitarle el quirófano estaba allí, en la Rocina, donde la medicina es la química de la fe y se envasa en tarros de plegarias. Fue a casa de la santera. Llamó a la puerta. Y un quinqué tembloroso le dio la bienvenida. El padre le rogó a la mujer que lo dejara pasar para presentársela a la Virgen. Los tres accedieron al templo entre las luces y las sombras de aquel viejo candil. Colocaron a Carmen debajo del manto de la Señora y ParejaObregón se entregó a una piadosa y recogida oración. Estando rezándole a la Virgen escuchó una voz que le dijo: levántate porque a la niña no le pasa nada. Todo esto lo recuerda su hijo Arturo y me lo confirma la propia Carmen, que desde entonces no ha tenido nunca más un problema de oído. Ni siquiera tras ver Eurovisión… Manuel Pareja-Obregón se apenaba mucho cuando veía a una hermandad hacer la presentación sin su tamborilero. Y se prestaba para hacerlo. Se cuenta que en uno de aquellos rocíos llegó a presentar él mismo, tocando la gaita y el tamboril, a no menos de cinco hermandades. Acabó con aquella orfandad de flauta y tambor creando la escuela de tamborileros. De su bolsillo salió el dinero para las gaitas y los pellejos. Y a todos los chiquillos que vio en la aldea se los llevó al hostal Cristina, para enseñarles la música y el toque que jamás debe faltar en la presentación de un simpecado. En todos esos toques de gaitas y tambor se detecta el eco del que fuera su gran maestro, El Pollo de Cartaya. Pareja-Obregón le dio al Rocío lo que pudo perder, rescatando la plata pura de los sonidos tradicionales que hoy forma parte del esplendor de la romería. Quiso ser cartujo. Pero no lo dejó la bohemia que tantas veces lo arrastró a los terrenos del realismo mágico. Pudo ser un personaje de García Márquez. O un campero sabio de un poema de Villalón. Una admiradora, enfadada con él por no sé qué motivo, le desbarató en Madrid una exposición de toros de bronce el mismo día de su inauguración. Lejos de dejarse llevar por la cólera le salió de su alma un ole tu moño que zanjó con elegancia y nobleza el estropicio. Más de tres mil temas hablan del pozo inagotable de su talento. Y si vio a una amapola escaparse de los trigos, le escribió la carta más bonita de amor a un caballo que se enamoró de una yegua de Castilla. Leyéndolo y escuchándolo siempre es Pentecostés.

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