Murillo en la Catedral de Sevilla

Recién abiertas las exposiciones conmemorativas del año 400 desde el nacimiento del gran pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, he encargado a mi equipo iniciar una serie de apuntes en nuestra Sevilla en Añil, con la intención humilde de que nuestro medio contribuya a ser transmisor y amplificador de su eco para llegar a aquellos lugares en el mundo y a aquellas personas en donde tiene entrada este magazine y contagiarles de la importancia y la excelencia que las instituciones sevillanas y cientos de personas han preparado en honor a este insigne artista para disfrute de los ciudadanos del mundo.
Recorreremos poco a poco el itinerario Murillo en Sevilla.
Solo una cosa más, un pequeño consejo de alguien que admira el arte:
¡Ven a verlo y a sentirlo a Sevilla!, no te quedes sólo en lo que te digan o en lo que te mostremos por internet, en revistas impresas o en televisión…
Tienes un año entero, pero no olvides que el tiempo pasa volando, no te lo pierdas.
Te esperamos en Sevilla. Mientras vienes…te vamos contando.
Carmen Pareja-Obregón de los Reyes /SEVILLA EN AÑIL

Del 8 de diciembre de 2017 a 8 de diciembre de 2018 podemos asistir a la Muestra
“Murillo en la Catedral de Sevilla. La Mirada de la Santidad”, que reúne en su espacio además de las obras que han permanecido en el lugar para el que fueron pintadas, algunas otras cedidas para esta exposición.

La Catedral de Sevilla era, en tiempos de Murillo, la institución más importante para la que podía trabajar un artista. Todos deseaban obtener un encargo del Cabildo y lograr que su obra fuera contemplada en su interior que era entonces el centro neurálgico de la vida religiosa, cultural y cotidiana de la ciudad.
Desde su construcción, iniciada en 1401 a partir de la mezquita aljama, la Catedral iría incorporando en sus capillas góticas y renacentistas una excepcional colección de pintura, en la que estarían representados los principales artistas de Sevilla. Murillo, considerado por el Cabildo como el mejor pintor de la ciudad, comenzó a trabajar para la Catedral en 1655, realizando diferentes encargos hasta 1667.

La Inmaculada en la Sala capitular de la Catedral de Sevilla. (Foto: cedida por El Independiente)

Obras que podemos contemplar.
San Isidoro.
Hacia 1655.
Óleo sobre lienzo. 193 x 165 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sacristía Mayor.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Las pinturas más tempranas de Murillo conservadas en la Catedral son la pareja de San Isidoro y San Leandro, que fueron sufragadas por el arcediano de Carmona, Juan Federighi, en 1655. Se trata de dos obras emblemáticas en la trayectoria del artista, tanto por su temática, ya que representan a dos venerados patronos de la ciudad, como por el espacio privilegiado que ocuparon en la Catedral, la Sacristía Mayor.
San Isidoro, obispo de Sevilla entre 601 y 636, fue un teólogo erudito que combatió con sus escritos la herejía arriana. Por ello, Murillo lo muestra en actitud concentrada y revestido de autoridad espiritual; porta los símbolos episcopales y medita sobre el primer tomo de su libro Etimologías, De summo nobo, en el que desarrolló un compendio de fe y moral cristianas.
San Leandro.
Hacia 1655.
Óleo sobre lienzo. 193 x 165 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sacristía Mayor.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Formando pareja con San Isidoro, esta pintura muestra al hermano del anterior, San Leandro, quien fue obispo de Sevilla entre 578 y 600.
Murillo representó al santo en una actitud inversa a la de su hermano: enérgica y dirigiendo su penetrante mirada al espectador. Revela la pintura, de esta forma, el espíritu combativo del obispo, que luchó activamente contra el arrianismo y consiguió la conversión al cristianismo del rey visigodo Recaredo. El pliego que sostiene entre sus manos alude al dogma de la Trinidad, del que San Laureano fue un acérrimo defensor.
Según la tradición, Murillo retrató en este personaje al apuntador de coro de la catedral, el licenciado Alonso de Herrera.
Sala Capitular.
En el año 1667 el cabildo catedralicio encargó a Murillo una serie de nueve pinturas para la Sala Capitular del templo, lugar en el que los canónigos debatían sobre las cuestiones administrativas y económicas. Las pinturas se dispondrían en la bóveda oval de la sala y tendrían como misión inspirar a los eclesiásticos para que actuaran siguiendo los postulados cristianos. Con objeto de propiciar dicha inspiración, la sala estaría presidida por la Inmaculada Concepción, máximo símbolo de virtud, y acompañada por ocho santos que representaran modelos de conducta digna y sacrificada.
La Inmaculada.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
La Inmaculada que pintó Murillo para presidir la Sala Capitular catedralicia es una de sus creaciones más conseguidas. La Virgen está rodeada de una aureola de nubes de intensas tonalidades áureas y envuelta por una corte de angelitos que portan los símbolos lauretanos de la rosa, la palma y la azucena. La habilidosa gradación de la luminosidad ofrece un efecto de intensa perspectiva espacial, en un fondo inundado por una atmósfera vaporosa que refuerza el sentido ingrávido de la Virgen y los querubes. María sigue un prototipo femenino de hermosas facciones y armonía anatómica, en una actitud recogida y con la peculiaridad de que su mirada se dirige hacia los escaños donde se reunían los canónigos.
Santa Justa.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Las santas sevillanas Justa y Rufina, vírgenes mártires patronas de la ciudad, impidieron, según la tradición, que la Catedral y la Giralda fueran destruidas por el terremoto de 1504. Es por ello que los canónigos eligieron a estas santas con objeto de obtener su protección también en los asuntos administrativos del Cabildo.
Santa Justa, la mayor de las hermanas, es representada por Murillo siguiendo un modelo físico y espiritual que el artista consolidó en sus pinturas. Así, la santa es representada como una mujer de belleza terrenal, pero imbuida de un profundo espíritu de serenidad y compasión. Sostiene en una de sus manos una jarra de cerámica, alusiva a su condición de alfarera, y en la otra, una palma, símbolo del martirio que sufrió por defender la fe cristiana frente al paganismo.
Santa Rufina.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Santa Rufina, igual que su hermana mayor Santa Justa, se negó a donar los cacharros de cerámica que vendían para que sirvieran al culto de la diosa pagana Salambó. Por este motivo, en el año 287, fueron encarceladas por el prefecto Diogeniano y sufrieron un terrible martirio, que acabó con la vida de Santa Justa en primer lugar y, posteriormente, de Santa Rufina.
La imagen que Murillo transmite de Santa Rufina está alejada de los cruentos episodios de martirio. El artista prefiere mostrar a la santa tras haber superado el sufrimiento terrenal y habiendo recibido, después del sacrificio, la recompensa celestial. Por ello, su rostro es amable y compasivo, y muestra, orgullosa, los símbolos de su martirio: una jarra de cerámica y la palma del martirio.
San Pío.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Tras las santas Justa y Rufina, dos representaciones de santos mártires se disponen a continuación en la Sala Capitular, ofreciendo a los canónigos ejemplos de virtud y de sacrificio.
El primero de ellos, San Pío, era considerado, según la tradición, evangelizador de la Bética y primer obispo de Sevilla estando, por ello, estrechamente vinculado al Cabildo metropolitano. Murillo representa al santo revestido de las indumentarias episcopales, portando en una mano el báculo pastoral y en la otra, la palma que le acredita como mártir. Muestra una profunda actitud espiritual, elevando su mirada al cielo en actitud de sacrificio e implorando la gracia divina.
San Laureano.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
San Laureano fue, según algunas fuentes, obispo de Sevilla en el siglo VI. Posteriormente, viajó a Francia y a Italia, sufriendo martirio en la ciudad francesa de Bourges, en la que el rey ostrogodo Totila ordenó su decapitación en el año 546. Su cabeza fue enviada a Sevilla, donde propició numerosos milagros y salvó a la ciudad de la epidemia de peste.
Murillo representa a San Laureano ataviado como obispo y portando el báculo pastoral. Adopta el santo una actitud de profundo sacrificio, con su mano derecha sobre su pecho y su rostro, en éxtasis, vuelto hacia el cielo en señal de ruego. En su cuello es visible el corte que evidencia su martirio.
San Isidoro.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Los patronos de Sevilla, los arzobispos San Isidoro y San Leandro, están representados en las pinturas de la Sala Capitular con la función de servir como guías espirituales y morales a los canónigos.
Murillo ha representado a ambos santos siguiendo las tipologías que doce años antes había utilizado en las pinturas de la Sacristía Mayor. Así, San Isidoro aparece representado como un anciano, a pesar de que era menor que su hermano, San Leandro; está revestido con una solemne capa pluvial y portando el báculo episcopal. Su actitud es contemplativa y se muestra concentrado en la lectura de un grueso libro, alusivo a las numerosas obras que el santo escribió.

San Leandro.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
San Leandro es representado, siguiendo la iconografía tradicional, más joven que su hermano mayor, San Isidoro. Además, frente a la característica actitud contemplativa e intelectual de su hermano, San Leandro muestra un espíritu activo y enérgico, simbolizando el carácter combativo del santo frente a la herejía arriana.
Destaca en la pintura el intenso naturalismo con que Murillo ha recreado el rostro del santo y la captación del rigor moral de su personalidad a través de la inquisitiva mirada que dirige al espectador y de la fuerza con la que sostiene en su mano el báculo pastoral.
San Hermenegildo.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Los dos últimos santos representados por Murillo en la Sala Capitular son dos reyes que contribuyeron a la difusión del cristianismo, combatiendo las creencias consideradas heréticas por la Iglesia.
El primero de ellos es San Hermenegildo, príncipe y mártir que sacrificó su vida por la fe cristiana. Hijo del rey visigodo Leovigildo, San Hermenegildo renunció al arrianismo y abrazó el cristianismo, motivo por el cual su padre ordenó su decapitación.
Murillo representa al santo ataviado como un monarca, portando en su mano derecha la palma, símbolo de su martirio, y en la izquierda, el hacha con la que fue decapitado. Su rostro se eleva hacia el cielo en actitud beatífica e implorante de conmiseración divina.
San Fernando.
1667.
Óleo sobre lienzo.
Sevilla. Catedral de Santa María. Sala Capitular.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
El rey castellano Fernando III “el Santo” fue canonizado en el año 1671, celebrándose en Sevilla una serie de festejos en conmemoración de dicho acontecimiento. En la Sevilla de Murillo, San Fernando era venerado por haber conquistado de la ciudad en 1248, restaurando el cristianismo y promoviendo la edificación de conventos e iglesias.
El modelo que Murillo utiliza en esta pintura para efigiar a San Fernando fue repetido en varias ocasiones. Se muestra al santo como un hombre seguro de su voluntad, revestido con los atributos del poder -como la corona, la coraza y el manto- y portando en una mano la espada de conquistador y en la otra, el orbe, emblema de su poder y de la difusión del cristianismo en el mundo.
Retrato de la Venerable Sor Francisca Dorotea.
1674.
Óleo sobre lienzo. 44 x 30 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Capilla de Santiago.
Procedencia: Sevilla, Colección de don Juan de Loaysa.
Murillo realizó este retrato de la venerable Sor Francisca Dorotea Villalba 51 años después del fallecimiento de la religiosa y a partir de un original conservado en el Convento de Santa María de los Reyes de Sevilla, fundado por la efigiada.
La pintura se realizó a instancias del canónigo Juan de Loaysa para promocionar la beatificación y canonización de la Madre dominica, siendo donado la Catedral en 1688.
La pintura representa a Sor Francisca Dorotea en un episodio místico acontecido momentos antes de su fallecimiento. En él, la Venerable Madre, padeciendo una intensa sed, pidió que le entregasen un crucifijo; cuando lo tuvo entre sus manos, puso sus labios en la llaga del costado de Cristo, y sorbió un líquido milagroso que manaba de la herida y que pudo calmar su sed.
San Antonio de Padua con el Niño.
1656.
Óleo sobre lienzo. 560 x 369 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Capilla de San Antonio.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
Es ésta una de las pinturas más populares de Murillo y, por sus grandes dimensiones y su excelente calidad técnica y expresiva, hubo de consolidarle como uno de los principales artistas de Sevilla.
La pintura fue encargada por la Catedral para la Capilla de San Antonio y representa un episodio milagroso de la vida de San Antonio de Padua. El episodio ocurrió estando el santo orando en meditación, cuando tuvo una visión sobrenatural, en la que el Niño Jesús se le apareció y le abrazó dulcemente.
Murillo muestra al santo en el interior de una estancia, arrodillado y en éxtasis, con sus brazos abiertos para recibir al Niño Jesús, que emerge entre nubes doradas. Acompaña al Niño una corte de hermosos ángeles volanderos que otorgan a la escena una intensa espiritualidad.
El Bautismo de Cristo.
1667.
Óleo sobre lienzo. 283 x 210 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Capilla de San Antonio.
Procedencia: Ha permanecido en el lugar para donde fue pintado.
El año en que Murillo realizó las pinturas para la Sala Capitular, la Catedral le encargó la ejecución de una nueva obra: El bautismo de Cristo. Esta pintura se dispuso en el ático del retablo en el que el artista realizó doce años antes La visión de San Antonio y su función era reforzar el sentido sacramental de la capilla, utilizada habitualmente como capilla bautismal.
Esta hermosa pintura muestra a Cristo recibiendo el bautismo de Juan el Bautista, momento en el que el cielo se abre y, entre destellos dorados, emerge el espíritu santo y unos ángeles volanderos. Es destacable la profundidad espiritual que Murillo otorga a Cristo y al Bautista, intensamente emocionados por tan importante acontecimiento, y la excepcional calidad técnica de la pintura.
Ángel de la Guarda.
Hacia 1665-1668.
Óleo sobre lienzo. 170 x 113 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Altar del Ángel de la Guarda.
Procedencia: Convento de los Capuchinos de Sevilla.
Esta pintura, que preside el Altar del Ángel de la Guarda de la Catedral, no fue realizada por Murillo para el templo metropolitano. La obra fue ejecutada para el Convento de los Capuchinos, para el que el artista realizó un amplio conjunto de obras que se conservan, la mayoría, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Este Ángel de la Guarda formaba pareja con un Arcángel San Miguel, devociones muy vinculadas a los capuchinos y que simbolizan la protección de las almas. Siguiendo este significado, Murillo ha sabido dotar de intensa espiritualidad y ternura al ángel que protege y guía al alma inocente hacia la luz de la salvación eterna.
En 1814 los capuchinos donaron a la Catedral esta obra, en agradecimiento a la ayuda recibida para proteger su patrimonio durante la invasión francesa.
San Fernando.
Hacia 1672.
Óleo sobre lienzo. 108 x 88 cm.
Sevilla. Catedral de Santa María. Pabellón.
Procedencia: Sevilla, Colección de don Bartolomé Pérez Ortiz.
Tras la canonización de San Fernando en 1671, Murillo realizó varias representaciones del santo rey, entre las cuales destaca, por su calidad técnica y expresiva, esta pintura.
La obra fue encargada por el racionero Bartolomé Pérez, quien la donó a la Catedral en 1678 para que fuese colocada en la Sacristía Mayor, lo que no llegó a ocurrir.
Murillo representa a San Fernando siguiendo modelos que había recreado anteriormente. Así, aparece ataviado como rey, con armadura, capa de armiño y corona, al tiempo que el halo sobre su cabeza y la espiritualidad que emana de sus emocionados ojos, evidencian su santidad. Porta en sus manos sus símbolos característicos: la espada de conquistador y el orbe, emblema de su poder y de la extensión del cristianismo por el mundo.
La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo.
Hacia 1638-1640.
Óleo sobre lienzo. 207 x 162 cm.
Sevilla, Palacio Arzobispal.
Procedencia: Sevilla, Colegio Dominico de Santo Tomás.
Es ésta la segunda obra conocida en la producción artística de Murillo. Pertenece la pintura, por tanto, al período juvenil del artista, cuando contaba poco más de 20 años, y en ella está presente la influencia de su maestro, Juan del Castillo.
Realizada para el Colegio Dominico de Santo Tomás, está protagonizada por el fundador de la orden dominica, Santo Domingo de Guzmán. Representa el momento en el que el santo es favorecido con una visión milagrosa: entre ángeles músicos y destellos dorados, se le aparecen la Virgen y el Niño Jesús, quienes le entregan el rosario y le encomiendan propagar su devoción.
La pintura se conserva en el Palacio Arzobispal desde la Desamortización de 1835-1836.


– Horarios:
L, de 11 a 15.30 h. M a S, de 11 a 17 h. D, de 14.30 a 18 h.
– Precios:
Con la entrada a la Catedral: 9 euros. Reducida (estudiantes menores de 25 años y pensionistas), 4 euros. Entrada gratuita para naturales o residentes en la Diócesis de Sevilla, discapacitados con grado superior al 65%, desempleados y menores de 14 años acompañados de un adulto.

 

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